lunes, 5 de noviembre de 2012

BUÑUEL

No podíamos calmar una curiosidad sexual impaciente y un deseo permanentemente obsesivo.
Las durísimas batallas del instinto contra la castidad, aunque no pasaran de simples pensamientos nos daban una abrumadora sensación de culpabilidad.
Durante años viví con un sentimiento de pecado que podía ser delicioso.
(sobre su pueblo, la fe y sus dogmas)

El surrealismo fue ante todo, una llamada que oyeron aquí y allí algunas personas que utilizaban ya una forma de expresión instintiva e irracional incluso antes de conocerse unos a otros.
(sobre la expresión)

Mi entrada al grupo fue esencial y decisivo para el resto de mi vida. Por primera vez había encontrado una moral coherente y estricta sin una falla, por supuesto aquella moral surrealista solía ser contraria a la moral corriente que nos parecía abominable, pues nosotros rechazábamos los valores convencionales, nuestra moral se apoyaba en otros criterios, exaltaba la pasión, la mistificación, el insulto, la risa malévola, la atracción de las cimas. Pero dentro de este ámbito nuevo, todos nuestros gestos y pensamientos nos parecían justificados, sin posible sombra de duda.

Nuestra moral era más exigente y peligrosa, pero también mas firme, mas coherente y mas densa que la otra.

Aquellas montañas desheredadas me conquistaron enseguida.

Sólo a los 60 o 65 años de edad, comprendí y acepté plenamente la inocencia de la imaginación, necesite todo ese tiempo para admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí. De ninguna manera se trataba de malos pensamientos, de ninguna manera de algún pecado, y que debía dejar ir a mi maldita y degenerada imaginación a donde ella quisiera.

Por L. Buñuel.

No hay comentarios: